Al otro lado (Ready Player One)

Puede que los senderos de la evolución lleven a la Humanidad a buscar realidades de fuga que poco tengan que ver con la verdad. En un mundo virtual todo es posible y se está permitido convertirse en héroe o en villano, en salvador o en asesino, en trampero o en cazador e, incluso, puede que sea tan ideal que eso nos lleve a repudiar la realidad sin caer en la cuenta de que en ella está el auténtico beso, ése que nadie más te puede dar; o el dolor más genuino, ése que nadie más puede sufrir; o la victoria más disfrutada, ésa que nadie más puede saborear.

Y puede que esa misma evolución haga brotar intereses empresariales de tal medida que al poder económico no le interese que la Humanidad vea con sus propios ojos la realidad porque así estaremos entretenidos, sin pensar en otras veleidades propias de la inquietud, buscando un tesoro escondido que nadie sabe hacia dónde nos podrá llevar. La misma tecnología que empieza a hacinar en los rincones a todos aquellos que no sirven para nada puede llegar a ser la droga más buscada y legalizada en un plazo relativamente corto de tiempo. Quizá la realidad que vivimos sea tan fea que ni siquiera somos capaces de atisbar las consecuencias de un futuro que sólo se podrá mirar a través de una pantalla virtual. Sin ningún freno, sin ninguna moderación. Sólo con el vicio de vivir una existencia que no nos corresponde y que, en realidad, no es.

Así que es hora de luchar y de comenzar a conocer cuáles son los límites a los que queremos llegar mientras el mundo, a nuestro alrededor, se derrumba porque, sencillamente, se muere por nuestro desprecio. El pasado es lo que somos y el futuro sólo es lo que podemos llegar a ser y tal como se prevé puede que no lleguemos a ser nada. Debemos seguir investigando para conocer cuál es nuestro límite porque, sencillamente, la genialidad comienza por ahí, en saber cuáles son nuestras limitaciones, nuestras carencias, nuestros vicios repetidos, hasta dónde queremos vivir esas realidades que no existen. Es el momento en el que tenemos que volver a la salidad y estar listos para empezar a jugar una nueva partida.

Con un comienzo que hace temer lo peor, Steven Spielberg consigue dar la vuelta con un argumento coherente y bastante educativo a esta historia de avisos tecnológicos y virtualidades excesivas. Por el camino, se detiene en múltiples homenajes que van desde Akira Kurosawa a Robert Zemeckis, de Excalibur a Qué bello es vivir, de mirarse a sí mismo hasta volver la vista hacia El gigante de hierro, de Brad Bird, de El señor de los anillos hasta detenerse con premeditación y alevosía en El resplandor, de Stanley Kubrick. Y el viaje termina por llegar a ser, si no apasionante, sí lleno de fuerza y de sentido, con algún que otro salto narrativo agarrado al trepidante espectáculo visual que ofrece y que puede cansar a algunos. Sólo un director como él podía lanzar tantas ideas, con ese dominio en la forma de rodar y repartiendo protagonismo casi al cincuenta por ciento entre la aventura gráfica y la imagen real surgiendo algo que, sin duda, es cine.

Y es que no hay que olvidar que no importa en qué lado estemos de las pantallas. Nuestra mente sigue siendo la misma allí y aquí y eso es lo que, en el fondo, acabará por hacernos vencedores o perdedores de una partida que se resiste a conducirnos al final. Sea vida, sea muerte, sea acumulación de puntos o sea eliminación del juego.

César Bardés