El aire de la muerte silenciosa (El hilo invisible)

El director Paul Thomas Anderson vuelve de nuevo, dando puntadas sin hilo, al tema de la personalidad dominante sobre otra más débil y preguntando cuál de los dos es más condenable. La relación enfermiza que se establece entre un famoso diseñador de moda y una simple camarera está rodeada de lujo, de elegancia de élite, de acciones sugeridas y de un par de interpretaciones destacables.

Esa relación dominante se va convirtiendo en una relación de dependencia, del deseo irrefrenable de sentirse necesitado por ambas partes. Anderson, intentando dar lecciones, establece distancia entre sus personajes, como si alguien fuera el creador de un vestido inigualable que necesita los pespuntes de su supuesto genio. Es cierto que Daniel Day-Lewis está admirablemente contenido y también que el trabajo de Vicky Krieps, aunque menos lucido, resulta efectivo y difícil. Ambos son ideales dentro de ese diseño de vestuario espectacular y del estilo sobrio, casi austero, que Anderson imprime a su película, por mucho que la historia, sencillamente, sea muy poco creíble, no escandalice demasiado (que, en realidad, es lo que pretende) y se salga del cine con la sensación de haber visto algo parecido a un modelo deslumbrante encima de un tieso y vulgar maniquí de madera.

Por supuesto, Anderson aprovecha que el hilo resulta vistoso para introducir la certeza de que el amor coarta la creatividad salvo que haya un aire de muerte silenciosa alrededor de la pasión, o que el mundo aparentemente ordenado carece de sentido cuando ese amor llama con fuerza. De paso, también cose aquí y allá algún que otro remiendo sobre la ridiculez de las apariencias, sobre el cinismo, sobre la futilidad del arte entre las élites y sobre la glotonería que acompaña a la felicidad. Sin embargo, eso no hace que la película sea más densa, o esté llena de múltiples lecturas. El mensaje es claro y plano, bastante obsesivo y, quizá, algo ridículo.

Y es que pensar que el hábito hace la elegancia no es sino otro ejercicio de pedantería sin clase. Arriba, en la cumbre, hay tanta corrupción como abajo, en los talleres. El desprecio suele ser el arma favorita de las clases privilegiadas, aparte de su tendencia a no saber cuál es su sitio. E, incluso, la confesión se transforma en algo absurdo si se tiene en cuenta a quién se hace. El inicio de una época de fingimiento está llamando a las puertas y, quizá, sea hora de enfrentarse a lo único realmente verdadero que hay en la vida como es la muerte. Esa muerte que se acerca en cada beso dado antes de la náusea. Esa muerte que también pasa sus modelos para que los simples mortales admiremos su variedad y su estilo que, a veces, resulta desagradable y fuera de lugar. El silencio abruma. Y aún lo hace más cuando resulta el instrumento imprescindible para que la inspiración se oiga.

No es la peor película de Paul Thomas Anderson, lo cual ya es decir mucho, pero tampoco es la obra maestra que muchos quieren ver arrastrados por la provocación inherente a su director. Más allá de eso, es recomendable que cojan aguja e hilo y cosan este artículo en algún lugar de la entretela. Tal vez porque no harán mucho caso y, a pesar de que lo piensen, preferirán cantar las alabanzas de una película que sabe a muy, muy poco.

César Bardés