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Corrupción generalizada

Corrupción generalizada

El miércoles, escuchando la radio, creí que me daba un infarto. En unos minutos sólo, se sucedió tal cúmulo de noticias que dejarían petrificada a cualquier persona de bien. Familiares directos o indirectos de la clase política madrileña colocados en Bankia, indemnizaciones de 54 millones de euros a prejubilados que, a continuación, se hacen cargo de la dirección del banco, desconcierto generalizado entre los ministros del partido que gobierna y entre los que fueron ministros en el gobierno anterior ante un banco que cada día sigue perdiendo cientos de millones de euros, un muy bien pagado gobernador del Banco de España que no se entera de nada de lo que sucede en el oscuro mundo de la banca, consejeros de autonomías que cierran ambulatorios por la tarde, aunque mantienen sus consultas privadas abiertas, presidentes de comunidades autónomas expresándose en el más puro lenguaje machista ibérico, sindicalistas que coleccionan relojes de lujo, viajes a Marbella y cenas de alto standing a cargo del erario público, en fin, una sarta de despropósitos tal que justifican, más que de sobra, ese juicio simplista pero absolutamente cierto de que en España, al contrario de lo que se nos intenta hacer creer, la corrupción es algo tan generalizado y afecta de tal forma a los cimientos mismos del Estado que resulta prácticamente imposible que podamos erradicarla.

No se trata de ejemplos sueltos. Se trata en realidad de una auténtica marea de advenedizos que se mueven a sus anchas en el seno de toda clase de instituciones de este país, ávidos de riqueza fácil, insaciables, sin que les importe a quién o qué es lo que hay que pisotear para conseguir sus fines. Se deslizan como el pez en el agua, aprovechando toda clase de resquicios que las leyes les ofrecen, para convertir en hereditario su poder político o económico. Durante años han ido tejiendo una tela de araña inmensa, en la que estamos atrapados el resto de los españoles de a pie, que observamos estupefactos cómo se recortan de nuestra sanidad y educación públicas diez mil millones de euros, mientras se inyectan en un pozo sin fondo decenas de miles de millones de euros en la banca.

Esta no es la democracia que nos prometieron. Esto es sólo una burda pantomima de lo que realmente debe ser un sistema democrático, porque hace mucho tiempo que la ciudadanía delegó sus derechos en esta nueva casta que todo lo promete aunque, de manera vergonzosa e impune, nada cumple. Me los imagino riéndose de nosotros, de los trabajadores, de las familias en paro, de todas esas personas honestas que no tienen más patrimonio que su trabajo diario, mientras reciben un masaje de lujo en un hotel de cinco estrellas y saborean langosta fría entre sorbo y sorbo de champán. Y siento un escalofrío helado en la espalda cuando comparo otras épocas históricas con ésta que estamos viviendo, porque a la postre, las sociedades pisoteadas en sus legítimos derechos y en su dignidad por aquéllos que arrasan con todo en su propio beneficio, acaban explotando.

Hace tiempo que perdí la esperanza de disfrutar de una auténtica regeneración democrática en este país. Seguimos sufriendo en nuestras carnes un neocaciquismo asfixiante que abarca todos los ámbitos de nuestra sociedad, donde nadie cede privilegios propios, que serán heredados por los suyos, por las buenas. Y si el pueblo en su conjunto no toma conciencia de que su papel no puede limitarse a votar resignadamente cada cuatro años, sino que tiene la obligación de participar, exigir explicaciones, denunciar, rebelarse contra las injusticias, agruparse para defender sus derechos, entonces todo estará irremisiblemente perdido.

Francisco M. Navas

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