Juego, set y partido (La batalla de los sexos)

Servicio. Nadie a estas alturas puede dudar de que la mujer es superior al hombre en muchos aspectos. Son más fuertes mentalmente, más constantes en los sentimientos y en el esfuerzo, tienen una capacidad admirable para soportar el dolor y son infinitamente más luchadoras. Pero no siempre fue así. Hubo un tiempo en que se creyó que el hombre era superior con el único argumento de la posesión de la fuerza. Y también hubo una mujer que trató de demostrar que las mujeres no eran superiores, pero que merecían tanto respeto como el hombre.

Quince a nada. Era una época en la que ni siquiera se podía proclamar a los cuatro vientos la condición sexual de unos y de otras. Se quería revestir todo de negocio basado en la supuesta rapidez física masculina, su pretendida agudeza mental. Y ellas son más serias, más profesionales. Desde luego, tienen sus defectos, pero cuentan con un aliado natural y es que nadie puede discutir que son más bellas que el hombre y, por eso, se les perdona con mayor facilidad. Tampoco ayuda demasiado el hecho de que el hombre se exhibe, fanfarronea, intenta exaltar a base de falsos encantos personales y de habilidades que, en el fondo, no son más que elementos de igualdad. Es casi imposible llegar a esa bola y se perderá más allá de la línea. Por mucho ojo de halcón que el hombre solicite.

Treinta a nada. El espectáculo se monta. Lo que para unos es una fiesta que debe de acabar de una vez por todas con la guerra de sexos, para otras es un duelo en la cumbre que exige preparación, entrenamiento, electricidad en las piernas, reflejos impecables. No es de recibo que, aún hoy, haya trabajos en los que las mujeres sean despreciables en base a su potencial maternidad, cuando debería ser algo natural y profundamente admirable. Ellas suben a la red con decisión. Nosotros, casi, debemos pedir permiso.

Cuarenta a nada. Valerie Faris y Jonathan Dayton dirigen con convicción las secuencias de tenis, pero se muestran manifiestamente torpes en todo lo que exige intimidad. Hay como una especie de estúpida obsesión por acercar la cámara exageradamente, quizá para captar lo que esconde el corazón de una mujer cuando ellas son capaces de expresarlo todo con tanta naturalidad que la distancia resulta ser algo rematadamente superficial. Emma Stone resulta eminente como esa tenista llamada Billie Jean King que cambió la forma de ver las cosas cuando el mundo del tenis aún no era ese festival mercantil que es hoy en día aunque empezaba a serlo. Mención especial merece el espléndido trabajo que realiza Elizabeth Shue en un papel que no da excesivas cuerdas de lucimiento, pero que sabe exprimir con veteranía e intensidad. Aceptable resulta Steve Carell en su histrión porque, al fin y al cabo, así era Bobby Riggs, un incorregible jugador y apostador profesional que sólo deseaba convertir su vida en un show. El resultado es una película a la que le falta algo de mordiente en sus diálogos, pero que se deja ver sin demasiado esfuerzo, con una buena ambientación de los primerizos setenta, una época en la que las raquetas aún eran de madera y los prejuicios se tomaban como algo normal.

Juego, set y partido. Ustedes deciden quién gana.

César Bardés