La danza de los espías (Gorrión rojo)

Los gorriones son unos pájaros pequeños, casi inofensivos, que embellecen la vida con su vuelo breve, pero repleto de energía. En su naturaleza está la observación, la capacidad de intuir los movimientos del ser humano que, lejos de ser su amigo, suele distinguirse por intentar la caza de todo cuanto le rodea. De vez en cuando, el gorrión canta. Más por protesta que por necesidad, pero lo hace con fuerza con un piar breve, casi ínfimo. Hay que tener cuidado con ellos. Pueden destruir todo lo sembrado.

Y ella es un gorrión que aprende a ser fuerte, a dominar sus escrúpulos sin dejar de sentirlos, a soportar lo más increíble y a ejecutar lo innombrable. Su mente es rápida y tiene talento, porque en unas pocas décimas de segundo, toma decisiones de supervivencia sin dejar de parecer el gorrión que siempre ha sido. Habrá que tener cuidado con ella. Es un pájaro de cuidado.

Quizá la guerra fría nunca acabó y aún hay espías danzando por Centroeuropa, tratando de conservar a informantes contra viento y marea y luchando por una superioridad que no está tan anticuada. El tablero de ajedrez aún sigue ahí, con muchos intereses de por medio, tratando de ganar para cada lado las piezas comidas. Y ella es la reina. Se mueve en todas las direcciones. SI hay que atacar, lo hace. Si hay que defender al rey, no duda. Si hay que manejar con maestría sus peones, no se acobarda. Está en medio de una manada de lobos sangrientos que están dispuestos a devorarla empezando por las piernas. Y ella se va a defender con su belleza y con su inteligencia.

La sombra de Alfred Hitchcock se proyecta sobre esta película, sobriamente dirigida por Francis Lawrence y muy competentemente interpretada por Jennifer Lawrence. Aún con escenas que hacen apretar los puños, la rubia se mueve entre bastidores de tensión, la música de James Newton Howard recuerda en algunos momentos a Bernard Herrman y los sentimientos sobrevuelan toda la trama, como intentando recordarnos que lo último que debe perder un espía es su propia alma, porque, si eso ocurre, entonces se convierte en un asesino. La inquietud se presenta desde el principio, a ritmo de ballet y con el misterio acechando. Más tarde, el aprendizaje resulta doloroso y despreciable, como presagiando un juego que se paga con la vida. Por último, la clase magistral acaba por aparecer en un giro de tuerca presidido por la lógica. Y así, con mimbres inconfundibles de cine clásico, se articula una nueva película de espías en la que nada es lo que debió de ser y todo puede encajar certeramente.

Ella es ese gorrión que nunca dejará de volar. Irá de rama en rama, tratando de salvar un día más para seguir recordándose quién es y cuál fue su sueño. Sin reparar en vidas que no merecen ser contadas, o en estúpidos juegos de poder que prescinden de las personas para que todo se reduzca a una mera cuestión de ambición. Tal vez, para que ella no pierda esos recuerdos, siempre habrá alguien que, en algún lugar, decida escuchar una melodía que un día fue un baile y, también, una ilusión. Vivimos en un mundo en el que ya no se danza y tampoco se posee la esperanza así que más vale seguir adelante con la seguridad de que alguien siente algo por nosotros.

César Bardés