Nada, nadie, nunca (El secreto de Narrowbone)

Nada. Es lo que ocurre cuando se deja atrás el pasado y se cruza una línea que significa un nuevo principio. Siempre se tiene la certeza de que las cosas que han acontecido van a volver y lo harán para quedarse. Hay que tener confianza en que no sea así porque si no va a ser imposible vivir. Ha habido demasiado sufrimiento, demasiada pena, demasiada culpabilidad, demasiada tortura. Y es hora de mirar hacia adelante, traspasando esa línea, dejando atrás todas las mochilas, olvidando todas las experiencias.

Sin embargo, la vida es siempre una traidora inconfesa y puede que los planes se desvíen. Incluso para aquellos que merecen un pedazo de felicidad. Así que es hora de cerrar un pacto. De responsabilidad, de compromiso, de aceptación y de fuerza. Algo que puede perdurar más allá de la muerte si todos ponen de su parte. Es el momento en que la nada puede convertirse en algo. Y así se dejan atrás todas las imágenes que recuerdan de dónde se viene. Tal vez, esa nada sea el viaje de vuelta del infierno.

Nadie. No, nadie puede romper ese pacto. Ni siquiera un fantasma que aparece para llevarse lo que es suyo y dejar un rastro de odio y sin razón detrás de una pared tapiada. Nadie podrá descubrir el engaño en el que hay que moverse para que la unión parezca eterna. Ni siquiera el descubrimiento del amor más entregado puede abrir las puertas para que entren todos los intrusos que se creen con derecho al expolio del mismo pasado. Lo imposible ocurre. Lo sobrenatural existe. La lógica se destroza y, sin embargo, todo mantiene un orden en la obsesión, en la misma promesa, en el limbo del mismo fracaso.

Nunca. No habrá tiempo suficiente como para romper lo que nadie podía quebrar. En el refugio de la locura es donde se halla el mejor de los consuelos. Las conversaciones se suceden y los nervios se tensan. Algo se halla vivo entre tanta muerte y los rincones de la casa parecen crujir, intentando que la madera hable y preste testimonio bajo juramento. Solo que será un relato increíble, que no podrá ser retenido en la cabeza de ningún atrevido oyente. A veces, la muerte tarda demasiado en llegar, como si mantener a las víctimas en el abismo fuera su última carcajada de dama corrompida.

Notable dirección de Sergio G. Sánchez, mesurando los tiempos con eficacia y creando una atmósfera de tensión que resulta ser el verdadero pánico de todo el metraje. Maravillosa la banda sonora de Fernando Velázquez, adecuada en su cuerda, climática en su concepción moderada. Buenas interpretaciones juveniles aunque, en algunos casos, un tanto desencajadas. Edgar Allan Poe hace una visita por ese plató interior para tomarse un buen trago a la salud de Norman Bates y, atónitos, el juguete de terror funciona con sus dosis de sorpresa. No queda más que removerse inquietos en el asiento, esperando el susto que no se produce, pero que acecha en los más infectos agujeros del pensamiento. Quizá, en algún momento, la voz se ahogue y haya que recurrir a señales luminosas que expresen la angustia del momento. No se preocupen. Tal vez, en la desgracia, hallen algún motivo por el cual se sientan bien.

César Bardés