Terror al ridículo (La muerte de Stalin)

Cuando muere el amado líder supremo, comienza la conspiración. El poder tiene demasiada erótica y es algo que hace mover las piezas con nerviosismo. Al fin y al cabo, la excitación sexual puede proceder de la capacidad de decidir sobre el destino de muchas personas, de perdonar su vida o de condenarla, de incluir cualquier nombre en una lista fatídica, de exigir una grabación de un concierto incluso después de que haya empezado. Lo que nadie sabe es que el poder concentrado engendra terror y no es fácil elevar al terror a la categoría de ridículo.

Así pues tenemos a Giorgy Malenkov, un tipo que se preocupa de la imagen, pero carente de personalidad. Es capaz de cambiar el sentido de una frase poniendo una coma en medio sólo para quedar bien. Es el elegido para llevar las riendas del país y le falta cintura, carisma, ingenio y oratoria. Lo tiene todo. Ni siquiera sabe vestir adecuadamente en las grandes ocasiones. Mira hacia el horizonte…pero allí no ve nada. Es más bien corto de vista y, tal vez, está demasiado preocupado por su cuello. Es un blanco fácil. Y nunca mejor dicho.

También anda por ahí conspirando Laurenti Beria. Es el más temido porque es el responsable de la policía política del Estado. Es un gordo vicioso, quizá algo más inteligente que los demás, pero rematadamente peligroso. Se ha movido más rápido y trata de jugar con astucia echando las culpas a los demás para parecer que, en el fondo, él no era tan malo, que hay que ofrecer un rostro reformista para apaciguar a un pueblo que ha sido masacrado en los sótanos de las cárceles. Tal vez, se pasa un poco de listo. Suele ocurrir cuando se manejan tantos nombres en listas que nunca deberían haber existido.

Así de impresionante y de medio lado está ese ruso mal encarado, el Mariscal Zukhov. Su cicatriz delata su valentía, pero tal vez se le enrojece cuando se pone en marcha su complot favorito. La traición y la rebeldía casan muy bien con su chatarra de pecho. Sólo hay que decir una palabra mágica. Guerra. Y el tipo se coge a un par de novias que se apellidan Kalashnikov y las hace hablar con elocuencia.

Campechano y divertido es Nikita Kruschev. Parece que no cuenta demasiado para nadie porque ése es el típico héroe de guerra que vino de los profundos campos de la Rusia interior. Sin embargo, sabe moverse con habilidad por los vericuetos del poder, maneja el don de la palabra para convencer y, a pesar de todo, es el hombre de talante más reformista. Y además tiene un sentido del humor que hace que esté deseando quitarse los zapatos al llegar a casa.

Con un reparto competente y la sátira a flor de cámara, Armando Iannucci parece que consigue lo imposible que es arrancar un par de suaves risas al horror y a la conspiración y, sin embargo, algo le falta. Quizá un poco más de mordiente en sus chistes, más gracia en sus situaciones, más valentía en su sarcasmo. O, simplemente, es el humor inglés que puede que les encante ridiculizar al mismo terror con unos diálogos bastante discutibles. Lo más gracioso de todo, es el baile que siempre empieza en los pasillos del poder cuando la sucesión entra en juego. Todos son diferentes y no llegan a pensar que, en realidad, todos son iguales.

César Bardés